martes, 5 de noviembre de 2019

el egoísmo y sus males

Cada que lo pienso una y otra vez, deduzco que el egoísmo es un creciente mal universal. Lo que inquieta de este fenómeno es la inmutabilidad de su existencia, la capacidad que tiene el egoísmo para subsistir y reproducirse. Esa es precisamente la pregunta esencial: ¿es el egoísmo un escudo protector de mi yo, del mismo perfil que el arma elegida por Hans Solo para defender a la tierra de sus invasores? 
Si el egoísmo es la defensa de mi individualidad, entonces puede verse como una forma de protección de mi yo, como las púas de una planta carnívora. En la medida en que crecen las dificultades de la vida diaria y se encuentran solo respuestas tradicionales o precarias para bregar con los problemas, en ese momento podemos pensar si podemos arrojarlo de nosotros a pesar de que el egoísmo está tan adherido o fusionado con nuestra piel. 
No obstante, lo más difícil es transformar el egoísmo en colaboración. Cualquier síntoma de empatía con los demás, cualquier muestra de apertura —v.g., solo escuchar de verdad al otro, oírlo genuinamente— y en ese momento los muros del egoísmo empiezan a flaquear. Solamente cuando lo expulsamos de nuestro ser, convertimos el egoísmo en una verdadera arma de solidaridad

aversión a los pobres

La voz aporofobia ha sido acuñada por la filósofa española Adela Cortina en varios artículos de prensa en los que llama la atención sobre el hecho de que solemos llamar xenofobia o racismo al rechazo a inmigrantes o refugiados, cuando en realidad esa aversión no se produce a menudo por  su condición de extranjeros, sino porque son pobres.

ingenio


Una fórmula providencial para desembarazarse de un impertinente aspirante a locutor sin futuro alguno la  dio un día Gabriel Muñoz a Juan Harvey Caicedo, examinador de los aspirantes por encargo del Ministerio de Comunicaciones: “Dile, sencillamente, que no sirve para nuestro oficio  porque tiene los pies planos”.

viernes, 25 de octubre de 2019

bach, el hombre

  De repente descubrí, por un biógrafo llamado Ted Gioia, que Bach no era un santo. El músico de la cristiandad, un luterano a carta cabal, era un hombre de este mundo. En efecto, una reciente biografía muestra que no solamente componía música celestial, sino que su órgano le permitió procrear 22 hijos en el largo periodo de su vida. Nadie habla de su matrimonio con una adolescente, ni del consumo de cerveza que le pedía a sus benefactores, ni los constantes problemas disciplinarios que causaba en su relación con sus alumnos de música. Era un poeta musical que inventaba sinfonías, oratorios, cantatas, pero también tonos y arpegios y demás complacencias que los soberanos de su época le retribuían generosamente. Gracias a ese confort fue percibido como un hombre del status quo y, dice el biógrafo, al parecer era porque el status quo se adaptaba a su creatividad y sus prerrogativas: cuando era necesario forzar a los burócratas de la Corte, los forzaba con su influencia para así demostrar su independencia musical ante los poderosos. Para Gioia, Juan Sebastian Bach era un rebelde subversivo y así lo demuestra una semblanza no convencional de un familiar ilustre de las catedrales y sus órganos descomunales.  

miércoles, 16 de octubre de 2019

peligro a la vista


  Este es un cuento de Juan Armando Epple, un cuentista chileno, y dice así: 
  El coronel ordenó, mientras observaba con recelo a la estudiante:
  —Revisen también el dormitorio.
  Al rato volvió un cabo:
  —Mire lo que encontramos, coronel. “Las armas secretas”, de un tal Cortázar.
    Al coronel se le iluminó la cara.


lunes, 14 de octubre de 2019

cuento erótico

Un cuento sorpresivamente antierótico --los hay-- es de Alejandro Rossi: "La besó, la arrinconó, le mordisqueó el cuello, la desvistió, le acaricio los amplios senos y le explicó la plusvalía".

domingo, 13 de octubre de 2019

la moral virtuosa


El debate del MeToo, que ha gastado mucha tinta en los medios mundiales, posee algunas derivaciones interesantes en el campo de la literatura. Por ejemplo, un bloguero se despachaba contra Roman Polanski y sus desafueros hace años con una menor de edad, motivo por el cual ha sido vetado en varios países y organizaciones. Pero hubo una respuesta inesperada que daba pie para empezar a tramitar el debate: "¿Pero qué puedes decir de sus películas? Son formidables. ¿O es que el arte no importa?" Lo mismo podría decirse de Woody Allen y los relatos de Foster Wallace.
   Este tipo de apreciaciones en las redes sociales subsisten cuando, a manera de réplica, empezamos a preguntarnos por las razones que hicieron que Shakespeare abandonara su familia, o que Norman Mailer, en algún arrebato de mala hora, apuñalara a su esposa. La pregunta que sigue es si debemos amar a las personas solamente porque son moralmente virtuosas.